Escribí a:

Escribí a: al.coll@yahoo.com.ar

lunes

El Palmar, Entre Ríos


El Parque Nacional El Palmar, creado en 1966 entre la Ruta Nacional N°14 y el río Uruguay, preserva un territorio de 8.500 hectáreas donde se levantan las esbeltas palmeras yatay, una selva en galería, monte xerófilo (muy seco) y distintos ambientes característicos del espinal, como el pastizal que, al unirse con los palmares, conforma un ecosistema único en su tipo.

Este variado y llamativo paisaje poblado de palmeras mezcla pastizales y largas sabanas con bosques en galerías que pueblan las márgenes de los arroyos y del río Uruguay. Allí prospera una abundante fauna silvestre que, al ser muy posible de verla, constituye uno de sus principales atractivos.

En los caminos, a la vera de los arroyos o desde los miradores se pueden ver zorros, ñandúes, lagartos, carpinchos, vizcachas, una gran variedad de aves e incluso algunos exóticos como jabalíes o ciervos axis.

La única manera de pernoctar en el P
arque es acampando en su camping y allí es un muy buen lugar para encontrar parte de esta fauna.

Por ejemplo, en el calor de las siestas se puede
ver pasar por entre las carpas a un lagarto overo (Tupinambis teguixin) o iguana para nosotros, que anda en busca de alguna sobra de comida.

Se puede armar la carpa no muy lejos de alguna de las tantas vizcacheras que hay en el predio y poder disfrutar de unos movidos juegos nocturnos o de alguna que otra ruidosa discusión familiar hasta que el corpulento macho llega para poner orden en su abundante familia.



Esas salidas nocturnas pueden durar hasta el amanecer o hasta que comiencen a levatarse los acampantes y la familia regrese al seguro refugio de sus intrincadas cuevas a esperar la noche.
En esas horas tempranas de la mañana, se puede encontrar al más grande de los roedores existentes, el carpincho o capibara (Hydrochoerus hydrochaeris) que suele aparecer en los fondos del camping donde hay un espacio abierto.
Solo o en familia, pasta apacible y silenciosamente hasta que el movimiento del campamento humano los empuje hacia el monte siempre cercano y protector y de allí al arroyo su lugar cotidiano.
Ese mismo fondo del camping, y en similares horas, puede ser el lugar de un muy diferente encuentro. Movedizos, inquietos y mucho más ruidosos hacen su aparición los Chiricotes (Aramides cajanea).
Además de verlos cazar insectos o buscar semillas se puede ser un privilegiado espectador de todo un espectáculo de cortejo y rivalidades con saltos, amenazas y gritos varios.

Es muy común ver a los Chiricotes muy temprano en las mañanas o en las tardes calurosas en que el campamento se tranquiliza porque sus ocupantes han ido a la playa. Cruzan rápido y desconfiados entre las carpas llevándose algún resto olvidado al pasar.

O recortan su elegante y nerviosa figura al atravesar alguno de los caminos que bordean el predio.

En las cercanías del camping se extiende el área del monte xerófilo, una formación densa y baja en la que crecen entre otros molles, espinillos, ñandubays y numerosos arbustos.
Apareció un Carpinterito común (picumnus cirratus) pero demasiado saltarín e inquieto entre las ramas para una buena foto.

Allí mismo, silenciosas y espectantes, desde la rama de un paraíso observaban curiosas dos Alilicucus (Otus choliba) que descansaban de su actividad nocturna.


Todo el predio del camping es un lugar de gran provisión de alimentos para una importante variedad de aves que andan por el piso buscando algún resto de comida, semillas, cazando insectos o por sobre los árboles con frutos maduros.
Por allí suele andar el Chingolo (Zonotrichia capensis) rastrillando el suelo con su paso saltarín.


O, tal vez, el Pepitero (Saltator aurantiirostris) con su destacado collar. En este caso es un joven por el color oscuro de su pico que después será naranja.


Otra de las aves muy terrestres y de muy característico andar por el suelo del camping es el Zorzal colorado (Turdus rufiventrisos). Además de su plumaje, se destaca el golpecito intermitente de su cola y su acechante inmovilidad después de una corta carrera.


También se lo pueder ver entre los árboles donde las frutas maduras de un tala pueden ser un delicioso manjar para sus pichones.


De entre los voladores de plumaje deslumbrante sobresale el Frutero azul (Stephanophorus diadematus) con su vistoso azul violaceo y una característica corona blanca con una línea de plumas rojas.


Otro que se destaca es el Fueguero común (Piranga flava) que, aunque gusta de cazar insectos en vuelo, se ha adaptado muy bien al generoso suelo del camping.

La Reinamora grande (Cyanocompsa brissonii) es otra de las bellezas frecuentes entre las carpas del camping. Se destaca el oscuro azul del macho y el pico corto y fuerte de estos comedores de semillas.

Más esbelto, el Pepitero verde (Saltator similis) aporta su original colorido verdoso a la variedad de plumajes del Parque.

Pero, seguramente, las reinas del camping, de la búsqueda y el robo de comida sean las deslumbrantes y muy ruidosas Urracas (Cyanocorax chrysops).


Suelen aparecer en ruidosos grupos con sus majestuosos aterrizajes y ojo avizor para cualquier posible alimento. En época de pichones un joven casi adulto puede recuperar sus gestos de cría para recibir una vez más la comida de su madre.


Sorpresivamente en medio del camping también uno puede toparse con una elegante pareja de Chiflón (Syrigma sibilatrix) que pasea con gran dignidad a la sombra de la arboleda.
Aunque mucho más inesperado es verlos posarse con toda su gracia en medio de la playa de ingreso y andar allí con total confianza entre autos y visitantes.

También se los puede encontrar en los terrenos abiertos frente al Centro Administrativo mostrando su elegancia y algún que otro jueguito de seducción.

En los frondosos árboles junto al Centro de Interpretación es un lugar donde suelen reunirse Boyeritos (Icterus cayanensis) con su traje renegrido y distintivo toque rojo en los hombros.
Allí mismo puede manifestar su presencia el pequeño, inquieto y muy colorido Pitiayumí (Parula pitiayumi)

Muy cerca, bajo las enormes y añosas casuarinas y los eucaliptus, es fácil encontrarse una ruidosa reunión de Tordos renegridos (Molothrus bonariensis) y de Tordos músicos (Molothrus badius)
El Carpintero real (Colaptes melanochloros) también suele andar por allí en busca de algún insecto.


Con paso rápido y pico eficaz, marca su presencia el Picabuey (Machetornis rixosaun), un simpático cazador que recorre la zona en busca de su almuerzo.

Con el calor del mediodía, en alguno de los caminos también puede observarse el zigzagueante y desinteresado andar de un lagarto.

En los eucaliptus de la entrada tienen su residencia la familia más ruidosa del barrio.

En la cumbre de una rama o en lo alto de un cable se destacará el Jilguero dorado (Sicalis flaveola) con su trino característico y su brillante plumaje.


Dentro del predio de la Administración suelen andar las Palomas manchadas (Columba maculosa) y, como en este caso, compartir ciprés con un Benteveo.


Muy inquieto y desconfiado, siempre oculto entre las ramas, se hizo ver brevemente un Pijui frente gris (Synallaxis frontalis).


En la zona de monte, frente al área de servicios, apareció un Benteveo rayado (Myiodynastes maculatus) con su familia.


La secuencia que sigue reproduce los pasos de alimentación de un enorme pichón que sigue usufructuando de los beneficios de filialidad


Frente al área de estacionamiento, en un breve charco de la última lluvia se reúnen un Hornero, un Zorzal y un Celestino.



Por el mismo lugar andaba una pareja de Celestino común (Thraupis sayaca) saboreando las frutitas de un añoso y enorme tala


En otros árboles cercanos una Tacuarita azul (Polioptila dumicola) derrochaba su inquieta simpatía. Saltarina, curiosa y juguetona iba de rama en rama sin parar.


Esbeltas y bellas, las Tijeretas (Tyranus savana) muestran su delicada elegancia.

El arroyo Los Loros atraviesa el Parque con un andar suave que desemboca en el río Uruguay. A ese último tramo se puede acceder por un sendero que parte desde el predio del camping.


Allí el arroyo se enancha y por la otra orilla se puede ver pasar el lento vuelo de una Garza bruja.

Entre los arbustos del monte que bordea al arroyo se puede encontrar el andar inquieto de un Chingolo.

El trinar afilado de un Jilguero dorado o melodioso de un Zorzal.


Aparecer la elegante postura de un Suirirí real (Tyrannus melancholicus) amante de las últimas ramas de los árboles y de los de los sitios visibles.


Muchas son las especies de palomas que habitan El Palmar. De ellas la mayor es la Paloma picazuró (Columba picazuro) y, tal vez, la más vistosa.

Pero la Torcaza (Zenaida auriculata) es la que sobreabunda y llena los montes y los cielos en imparables bandadas que marchan en todas las direcciones

También en los suelos del monte se ven innumerables pichones que tratan de ocultarse de los predadores mientras el crecimiento de sus alas les permitan ganar las alturas.

Entre los arbustos junto al arroyo también se puede encontrar a un Fiofío pico corto (Elaenia parvirostris) con sus reducidos 13 cm de tamaño y su andar inquieto.

Pero también puede aparecer la inquietante figura de un Gavilán patas largas (Geranospiza caerulescens) con su casi medio metro de largo y su esbelto plumaje gris celeste.

Y mientras se anda en busca de pájaros también se puede encontrar, como en este caso, una apacible escena familiar.
Dentro del agua, un grupo de Carpinchos pasaba el rato en la orilla de enfrente. A un costado, un poco más alejado el gran macho vigilaba con mirada atenta y las pequeñas orejas girando veloces a todas direcciones, pendientes de cualquier sonido. Las hembras reposaban asomando apenas sus hocicos por fuera del agua, mientras las crías jugueteaban ruidosamente ajenas a todo lo demás.
Apenas di un paso hacia la orilla buscando una ubicación más cercana, el macho me oyó y dio un breve y repetido grito. Las hembras llamaron al momento a las crías y ordenadamente comenzaron a salir del agua marchando hacia los matorrales.

Andando los caminos del Parque, en la zona del pastizal, ses posible ver sobre las puntas de algunos arbustos una pareja de Verdón (Embernagra platensis) o la de un Carpintero campestre (Colaptes campestris)



Aunque prefieren balancearse con la bandada sobre un cable o en la rama más alta de un árbol los Pirinchos (Guira guira) a veces aterrizan en los suelos en busca de alimento mimetizandose con el pastizal.


Pero la especialista en perderse dentro del pastizal es sin dudas la Perdiz común (Nothura maculosa) y en la zona del pastizal es frecuente verla atravesar los caminos con su paso rápido y ese característico modo de aplastarse contra el suelo apenas alguien se acerca o intuye un peligro y seguir caminando a toda prisa en esa misma posición.


En el mismo territorio puede verse también a una solitaria Perdiz colorada (Rhynchotus rufuscens) que cuando levanta su vuelo muestra en el rojo de sus alas la razón de su nombre.

Al borde del camino, sobre algún poste o, como en este caso, en el extremo de un cartel puede recortarse la breve figura de un Halconcito colorado (Falco sparverius) con el ojo atento a algún roedor o un insecto que se ponga en su línea de fuego.



Pero también puede verse posado en los arboles del costado del camino a un Gavilán patas largas que al acercarnos emprende un majestuoso vuelo.


Aunque, sin duda, de los rapaces que habitan el Parque en esta época el más interesante es el Aguilucho langostero (Buteo swainsoni).
Es un espectacular migrador que se cría a lo largo de la costa oeste de Estados Unidos y Canadá y en el invierno boreal viaja hacia la región pampeana argentina.
Con su cola y alas anchas adaptadas al planeo utiliza las corrientes térmicas ascendentes y se puede admirar su llegada en el verano cuando las numerosas bandadas circulan el cielo del Palmar.



Otro magnífico arroyo que atraviesa el Parque es el arroyo Palmar que en algunas partes abre sus costas a la zona de pastizales y en otras se hunde por entre la selva en galerías





Junto a alguna de sus orillas se puede descubrir a un joven ejemplar de Aguilucho langostero descansando a la sombra de la tupida vegetación.


O es posible hallar a un Biguá (Phalacrocorax olivaceus) tomando sol y secando sus alas con el último sol de la tarde.