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domingo

Cóndor


A media mañana arribamos al mirador la Cruz del Cóndor, un estratégico lugar con una caída vertical de casi un kilómetro hacia el río Colca que corre en el fondo del cañón.
Es una parada turística obligada pues por allí suelen pasar los cóndores siguiendo las corrientes de aire del cañón.
Lógicamente no tienen horario, pero suelen preferir las primeras horas del día para hacer sus paseos. Ya era casi el mediodía, por lo que nuestras posibilidad de ver a uno se hacía cada vez más difícil. Teníamos a favor que estaba nublado y la mañana seguía fría y estos gigantescos voladores de altura necesitan de las corrientes de aire caliente para desplegar su extensos planeos.
En un momento apareció un cóndor adulto que planeó muy lejos y apenas visible entre la escarpada pendientel.
Ya desesperábamos y había casi agotado la memoria de mi cámara con otras pequeñas aves que andaban en la pendiente del cañón. Los guías trataban de preparar la decepcionada retirada.
Unos pocos rayos de sol comenzaron a asomarse entre la maraña de nubes cuando llegó, indiferente y majestuoso, un cóndor joven con su característico plumaje marrón que pasó frente a nosotros, dio un lento giro y se alejó por la abertura del cañón.
Y luego, como en un show preparado de emociones crecientes, apareció por la parte baja del cañón un macho adulto que, sin un mínimo aletear de sus tres metros de envergadura, pasó con la elegancia de un enorme acorazado volador y se perdió en la curva del mirador.
Minutos después de haberse perdido de vista, regresó con el mismo impecable andar de un imperturbable surfista del aire caliente.
La emoción y la poca distancia, que casi pareció rozarme al pasar, me hicieron perder la última foto que no quedará encuadrada en la reproducción pero sí en mi retina.