Escribí a:

Escribí a: al.coll@yahoo.com.ar

domingo

Tero

Los vanellus chilensis son la especie más gritona de la familia Charadriidae. Habitantes de toda la Argentina y de buena parte de Sudamérica, son aves relativamente sedentarias que, por lo general, permanecen en el lugar donde se han reproducido.
Les gusta estar cerca del agua, a las orillas de los arroyos o las lagunas, pero también se los puede encontrar a campo abierto o al borde de los caminos. Tampoco es raro verlos en las viviendas rurales, criados desde pichones, como un integrante más del amplio grupo de mascotas.
De porte elegante y erguido, con un plumaje que recuerda la apariencia de un mayordomo o un caballero de frac o levita, andan desde muy temprano dando breves carreras mientras buscan su alimento. En el jardín de la casa paterna supimos criar con mis hermanos dos pichones que, en honor a su aspecto, se llamaban Gastón y Perkins.
Irritables guardianes, inician un concierto de gritos y vuelos rasantes ante la presencia de cualquier intruso o pueden ir hacia él gritando con la cabeza estirada hacia adelante, la cola abierta y las alas a medio abrir mostrando sus espolones.
Esta característica más de una vez despertó nuestro odio de cazadores ante estos ruidosos vigilantes que tanto estrepitoso griterío hacían mientras revoloteaban sobre nuestras cabezas. Por esta razón, no pocas veces, fueron blancos de nuestras pedradas.
Pero, además de grandes alborotadores, son maestros en el arte de la simulación. Es muy conocida su táctica, ante la presencia de un peligro, de realizar gran barullo en un lugar alejado simulando que allí está su nidada.

También pueden desarrollar otras estrategias de “falso nido”. En ocasiones, el Tero se aleja con cautela hasta un lugar distante donde se sienta, aparenta cubrir una postura y ante la presencia de un intruso se levanta como si hubiera sido sorprendido.

Una variante consiste en realizar este mismo sistema de despiste de manera ostensible. Caminando por un espacio abierto y sentarse de pronto en el suelo aparentando cubrir un nido.
Otro recuso para desviar la atención hacia lugares alejados de sus pichones o sus huevos es la llamativa representación del ala herida. El Tero realiza diversas carreritas con un ala caída como si la tuviera quebrada o lastimada para atraer la atención hacia él de algún predador que anduviere rondando y de esa manera alejar lo de su nidada.
Para anidar prefieren los campos anchos y de pastos cortos que les asegure una amplia visibilidad. Hacen sus nidos en el suelo en un pequeño hoyo con algunas ramitas que los hace difíciles de detectar. Por lo general, ponen cuatro huevos de cáscara apenas porosa y color gris verdoso con manchas oscuras de diversos tamaños que se disimulan muy bien entre la hierba.

A veces pueden encontrarse cinco, seis y hasta ocho huevos, lo que sería consecuencia de que el nido es compartido por más de una hembra y de que no todos los teros son monógamos.
Pueden reunirse en numerosas bandadas, pero su grupo familiar se suele reducir a parejas o grupos de tres o cuatro individuos. Es bastante usual el trío como forma de cooperativismo familiar constituido por una pareja más un tercer individuo que puede ser una hembra o un macho emparentado. Su función sería la de ser un ayudante en la vigilancia y en el cuidado del nido.